jueves, 28 de abril de 2011

Muérete cuando quieras


Miré mi reloj y pensé: ¡ya llegó mi hora! Era una fría tarde de febrero, la hoja superior de la puerta estaba abierta y por ella se colaban gotas de lluvia que iban mojando mis zapatillas. Estremecido, me abroché cuidadosamente mi vieja chaqueta de lana y apoyé mi bastón en el banco de la entrada. Decidí esperar a la muerte con buena cara y la mayor dignidad posible, mientras me agarraba con fuerza el brazo izquierdo. Me estaba apagando y atrás dejaba mis 80 años llenos de tragedias, duro trabajo y penurias. La muerte de mi mujer y de mis dos hijos me habían quitado las ganas de vivir en este mundo gris y decadente. Fue lo último que pensé antes de cerrar por última vez los ojos, o eso creía yo. Pero poco a poco volvieron a abrirse. Ya no estaba en mi casa, estaba en una habitación blanca y delante de mí, allí plantado, con su boina de cuadros, sus ojos grises y su tez morena y agrietada, me contemplaba ese cabrón.

—¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué sigo vivo? ¿Por qué…? ¿Qué ostias haces aquí?

Era Evaristo, nos odiábamos desde niños, compitiendo toda la vida por ver quién era el mejor. Comenzó a caminar lentamente hacia la puerta, pero antes de salir se giró y con una sonrisa en la cara me dijo:

—Te encontré tirado en tu portal y pensé que ese viejo terco no podía ganar la última batalla. Llamé a una ambulancia y llevo doce horas esperando que despiertes para asegurarme de que estabas vivo y poder decirte que eres un necio y un tonto. Lo primero por pensar que morirías antes que yo y, lo segundo, por no cerrar la puerta para que no te encontrasen.

Con la rabia que hacía tiempo que no sentía, le grité:

—¡En el fondo… yo no quería morirme y tú tampoco quieres! Así que… ¡eres un mentiroso! ¡Has vuelto a perder!

Él soltó una carcajada y antes de cerrar la puerta me dijo:

—Tienes razón, has ganado. Ya puedes morirte cuando quieras.

Jose

Durmiendo a un lado de la cama


Por qué teniendo una cama tan grande duermo siempre a un lado, como esperando a alguien que nunca llega.

¿Por qué siempre compro dos entradas, siempre monto la mesa para dos? ¿Por qué siempre limpio la casa por si viene alguien esta noche? ¿Por qué cambio las sábanas cada sábado? ¿Por qué hay siempre dos pares de zapatillas en la entrada?

Será porque una vez leí que cuando esperas algo, tienes que predisponerlo todo para que ocurra. Será porque prefiero pensar que lo de no tener suerte no es culpa de una pereza que quiero exculpar.

Pero creo que lo que realmente funcionaría sería pensar que todo eso es posible, que estoy completamente dispuesta, que no me da pereza ni miedo, pero que mientras no haya nadie en mi cama, mi cama será toda mía, comeré sola y utilizaré solo un par de zapatillas.

Porque si lo pienso despacio, bien, clara y distintamente, lo que quiero es que alguien esté esperándome en el otro lado de su cama, que me reciba con un par de zapatillas que tiene por si voy y que quiera preparar la cena para dos.

Porque esta vez he aprendido, sí, supongo que sí, que es verdad que todo pasa por algo. Y ahora no puedo dejar de tener en cuenta que lo importante, lo que vale la pena, es que te quieran. Que no sirven de nada los esfuerzos, los desgarros, los tranquilizantes, ni los celos. Que lo único que merece que yo ceda mi lado de la cama, mi poquito de tiempo y algo de lo que espero, es alguien que no haga otra cosa que buscarme.

Siempre he respetado esa emoción incipiente que nace de ahí, de eso que llaman subconsciente y que yo le llamo no sé dónde. De ahí nace una idea que supura sobre todo en primavera y que me hace pensar que una persona que no se muera por ti, es una persona que no vale la pena.

Heba

Operación huida


Hacíamos la travesía hasta el escondite camuflándonos con el empedrado del suelo, para ello llevábamos trabajando durante horas, preparando estrategias. Siempre ideábamos una plan A y un plan B pero sobre todo planeábamos la huida, jamás la rendición. Nos untábamos con arena y si la suerte nos acompañaba, nos adornábamos con barro y con alguna hoja seca que colocábamos cuidadosamente en el pelo.

A la derecha de la puerta había una enorme roca gigante. Era tan grande que casi taponaba la entrada. Teníamos que entrar de canto, metiendo tripa y cuidando meticulosamente la postura. Primero las orejas por temor a quedarnos encajados, luego, tomando un impulso leve hacia atrás, pasabas la nariz y mientras se escapaba el aire retenido dejabas caer tu peso hacia el portal. Ya estabas dentro. El portal sólo estaba vestido con un paragüero dónde sólo había bastones. No guardaba paraguas porque allí nunca llovía, pero tampoco había viejos, ni cojos.

Llegados a nuestro destino solo quedaba esperar. Podíamos estar horas debajo de la escalera hasta que el enemigo cayese en la trampa. Íbamos provistos de bocadillos y latas de refrescos. Por si era demasiada la espera, cargábamos con una baraja de cartas. La mayoría de las veces no cazábamos nada, pero de vez en cuando, después de escuchar el crujir de la madera y oír un grito ensordecedor, mirábamos hacia arriba y allí estaba. Encima de nosotros unos enormes pies que pataleaban mientras se escucha el rabioso aullido —¡sacadme de aquí!—.

Debíamos actuar rápido antes de que llegasen los refuerzos. Con una maniobra sumamente estudiada, me encaramaba a los hombros de mi compañero y acariciábamos la planta de los pies del enemigo. Una tortura en toda regla. En ocasiones preferíamos no tocarlo directamente, no sabíamos qué tipo de enfermedades podía transmitir, así que lo torturábamos con alguna pluma o quizás alguna rama que coleccionábamos para nuestro arsenal.

Misión cumplida. Activábamos la huida. Rezábamos al Dios que estuviera de guardia y salíamos corriendo como alma que lleva el diablo. Luego risas. Luego miedo, teníamos que volver a cenar.

Noelia Q

Sólo es cuestión de suerte


Roberto llegó al portal de su casa y miró en el buzón. No había nada. Entró en su pequeño apartamento y encendió el teléfono. Contó. Mil. Lo apagó. Nada.

Se quitó las botas de trabajo, se sentó en su butaca y apagó el televisor. No ha sido un mal día. Pensó. Quizás mañana sea igual. Pensó. Con un poco de suerte, sólo es eso. Dijo. Claro que sí, un poco de suerte.

Se calló y fue a la cocina. Cogió el bocadillo que había preparado esa misma mañana. Se sentó a esperar.

A las ocho dio el primer mordisco. Contó. Mil.

Encendió el noveno cigarro del día.

A las diez menos diez sonó el timbre de su casa. No esperaba a nadie. No esperaba nada. Salvo un poco de suerte, eso es todo. Dijo.

Abrió la puerta. Ahí estaba ella. Había pasado un tiempo. 23407 horas. Pensó.

—¿Puedo pasar? Preguntó ella.

—Claro, ya no te esperaba.

Entró y se sentó en la butaca, con el abrigo sobre su regazo.

—¿Te cuelgo el abrigo? Preguntó Roberto.
—Estoy bien.
—No me cuesta nada.
—Lo sé.

Ella encendió un cigarro, él le acercó el cenicero, cogió la silla y miró el reloj. Tres minutos, eso es todo. Pensó.

—Ha pasado mucho tiempo. Dijo ella.
—Eso parece.

A las diez encendió un cigarro. El décimo. El día está echado. Pensó.

Ella le puso las manos sobre sus rodillas.

—Roberto, tú sabes que aún te quiero. ¿Lo sabes?

—Lo sé. Mintió.

—La verdad es que no se porqué he venido. Supongo que esperaba un jodido milagro.

—Sólo necesito un poco de suerte, eso es todo.

—¡Y una mierda! Perdón, perdóname cielo. Pero es que no estás bien, nunca has estado bien.

—Es sólo…

—¡Cállate! Por favor, no quiero escucharlo.

Él se calló. La miró fijamente mientras ella hablaba.

Al rato se tomó un profundo respiro.

—¡Hijo de puta! ¿Qué coño estabas contando?

—Tus parpadeos.

—No debería haber venido, lo siento, no es culpa tuya. Espero que tengas suerte.

—Es todo lo que necesito, un poco de suerte.

—Claro que sí, cariño. Tengo que irme.

Por la mañana Roberto se sentó en la butaca, apagó el televisor y encendió un cigarro. El primero. Pensó. Miró el reloj. Siete horas, ya hace siete horas que se fue. Dijo. Sólo es cuestión de suerte.

David

Devórame otra vez...


Lo intenté mil veces antes de llegar aquí, me repetía una y otra vez que no pida seguir viéndole, no era ni normal esa sensación de culpa que me recorría por todas la terminaciones nerviosas junto al orgasmo.

Mentiría si digo que recuerdo como le conocí, siquiera como suena su voz, alguna de sus palabras que no fuera precedida de un gemido. Pero lo que sí sé, es que todavía sigo enganchada a esa manera tan salvaje de desgarrarme el alma en su cama. Cada intento fallido me acercaba más y me llevaba más lejos. Llenaba las horas sin él de aventuras, intentando reconciliarme con mi propio cuerpo, había buscado entre miles de hombres alguna sensación al menos parecida a la de sus dedos desabrochándome la camisa, pero en mi cama nadie era como él, no conseguía encontrar el hombre que dibujara mi cuerpo, en cada rincón sin dejar ni un pedazo de piel. 

Deseaba después de cada retorno encontrarme con él, abrirme de piernas y cruzar todos los meridianos, ir a Brasil y el Caribe en piel y que me volviera a dejar impregnada de ese olor que me perseguía hasta la próxima vez.

No pudo dolerme más su pérdida, no dejé de llamarle ni un solo día, suplicando que me devorara otra vez, con la esperanza de que tuviera compasión de mí, pero decidió jugarse todas sus cartas por la morena de pelo largo a la que reconozco respetar por un extraño hechizo de admiración y celos que me ha llevado hasta aquí.

Creo que es el momento de que suba al altar y lea lo que he escrito para ellos, y de nuevo el deseo de mi carne me lleva a desearle otra vez, castigarme con sus deseos hasta el amanecer y despertar mojada entre mis sábanas blancas…

… qué tiene ella que no tenga yo.

La García